UNA COMPAÑERA ANCESTRAL: Marihuana, la flor del cáñamo.

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daniel vidart marihuanaA sus 94 años, el antropólogo Daniel Vidart se introdujo a explorar el territorio del cannabis, recientemente abonado por la pionera regulación de la marihuana en su país, Uruguay. Su libro, Marihuana, la flor del cáñamo. Un alegato contra el poder, recorre la longeva historia de la planta a través de siglos, culturas y civilizaciones, pasando por las etapas de oscurantismo, prohibición y los recientes vientos de cambio en la relación de los seres humanos con un vegetal que acompañó sus pasos desde el comienzo de los días.

 

Daniel Vidart publicó más de treinta libros sobre temas sociológicos, antropológicos e históricos. En su larga carrera ha recibido distinciones a nivel nacional e internacional, ha presidido algunos de los principales organismos culturales de Uruguay y forma parte de la Academia Nacional de Letras de su país. Semejante currículum podría predisponer a algunos a pensar que Marihuana, la flor del cáñamo es un farragoso texto académico escrito desde la burbuja de una biblioteca y ajeno a la realidad del presente. Pero Daniel Vidart no es un investigador común y corriente.

 

“Soy un antropólogo de campo, lo que implica un contacto directo con el objeto de la investigación. Escogí además ser un observador participante, alguien que se introduce en la comunidad que estudia y experimenta sus mismas condiciones”, explica. De este modo Vidart entró en el mundo de los cultivadores y usuarios de cannabis, y formó parte de las ruedas del porro; se convirtió en un fumeta más. Su meta era no dejar que ningún prejuicio sesgara su percepción.

“Traté de adoptar una actitud desprejuiciada ante la marihuana, donde el tabú, representado por lo prohibido, la censura de la población o las legislaciones restrictivas, se contrapone al tótem, al poder unificador en una comunidad”, señala Vidart. Durante nueve meses se encontró con miembros de estas comunidades en sus recorridos por la cordillera de la costa de Chile, las islas del delta del Paraná en Argentina, y la costa uruguaya desde la ciudad de Pando, cercana a Montevideo, hasta la turística Punta del Este, en el límite entre el océano Atlántico y el Río de la Plata. Lo hizo de la mano de su compañera, la investigadora y activista cannábica Alicia Castilla, autora de Cultura cannabis y Cultivo cannabis, consideradas dos biblias en el hemisferio sur.

 

En sus viajes Vidart fumó marihuana, siempre “en una rueda itinerante” de usuarios, y en aquellas comunidades clandestinas probó distintas calidades y variedades de hierba. “Notaba una sensación de distensión, tranquilidad, bienestar y placer”, confesó. Las drogas, como fenómeno antropológico, social y hasta político no eran ajenas al investigador. Durante un viaje en el desierto del Gobi, en Mongolia, Vidart fue conducido por un chamán a un viaje propiciado por los efectos de la amanita muscaria, el potente hongo alucinógeno rojo con pintas blancas. Su experiencia aparece narrada en su libro Un vuelo chamánico.

 

En otro momento fue la hoja de coca, su transformación para la producción de cocaína y las perversas relaciones de esta droga con el poder lo que atrajo la atención del antropólogo uruguayo durante su estancia en Colombia. Sus experiencias las plasmó en el ensayo Coca, cocales y coqueros. El vínculo de las sustancias con el poder establecido, que articula políticas prohibicionistas o reguladoras en función de los prejuicios de las épocas y las motivaciones de los gobiernos, es el eje que estructura las páginas de Marihuana, la flor del cáñamo.

 

Así, Vidart comienza con un recorrido por aquella dilatada época en la que el consumo de marihuana no estaba sujeto a leyes ni restricciones, y el cáñamo “era de todos y para todos”. El autor rastrea minuciosamente todas las huellas que el cannabis fue dejando en diferentes pueblos a lo largo de los siglos, desde los sumerios a los rastafaris, pasando por los griegos, los fenicios y los celtas, hasta llegar a los intelectuales franceses del siglo XIX. Hallazgos arqueológicos, textos de la medicina tradicional china, compendios de cuentos como Las mil y una noches, obras capitales como la Historia de Heródoto… La presencia del cannabis es tan antigua como el mundo y no entiende de fronteras. Para organizar todos estos testimonios, Vidart dividió las aplicaciones tradicionales de la marihuana en cinco usos fundamentales: los rituales -mágicos y religiosos-, el empleo terapéutico, y las funciones recreativas, nutritivas e industriales.

 

Conspiración, paranoia y liberación

 

Fue precisamente el uso industrial hacia la década del 30 que propició la política prohibicionista, que desde los Estados Unidos se irradió al resto del mundo. Los prejuicios sobre los usuarios de marihuana y los miedos a los demonizados efectos de la planta impregnaron el discurso dominante en los medios de comunicación y legitimaron la prohibición de una planta que durante siglos había convivido con el hombre. Los intereses de los grandes poderes económicos estaban detrás de esta campaña de desprestigio. Vidart lo describe como “la conspiración del Becerro de Oro”.

 

“En la conspiración intervinieron la fabulación, el engaño, la exageración y también el racismo. El año 1937 instauró la época del prohibicionismo, aparecieron nuevas instituciones de persecución del uso de drogas que desembocan en la actual DEA (Drug Enforcement Alliance, la oficina antidrogas estadounidense). Se creó una policía internacional regida por los Estados Unidos que intervino en otros países para castigar el tráfico de drogas, pero también a sus usuarios”, sintetiza Vidart.

 

El discurso que sostenía el veto al consumo y producción de la marihuana estaba plagado de contradicciones. “Primero decían que la prohibición de la marihuana pretendía ‘prevenir los instintos asesinos que desencadenaba la droga’. Después, durante la guerra de Vietnam, se intentó evitar que los soldados consumieran porque la hierba ‘apaciguaba la agresividad y el espíritu marcial’”, ilustra Vidart.

 

La fragilidad de estos argumentos y la resistencia de los usuarios a abandonar un hábito que percibían como benéfico impidieron que el mensaje prohibicionista echara raíces. Los movimientos contraculturales fraguados en Estados Unidos durante la segunda mitad del siglo XX -como los hipsters, primero, y luego, beatniks y hippies- fumaron cannabis como símbolo de rebeldía y de resistencia al poder opresivo del stablishment. Consumir marihuana se convirtió en un “alegato contra el poder”.

 

“Son los intereses creados los que regulan qué es lo bueno y qué es lo malo para una sociedad. Ya en el pasado se prohibieron otras sustancias que hoy son legales, como el tabaco, el café o la yerba mate. Los argumentos para las restricciones son variados, pero los informes sobre la marihuana no revelan conclusiones negativas acerca de sus efectos”, expone Vidart.

 

La legalización de las drogas en general y de la marihuana en particular entró en la agenda de reivindicaciones de los movimientos sociales de las últimas décadas del siglo XX. Los comercios que vendían productos para el cultivo doméstico o el consumo de cannabis, las publicaciones especializadas, las reclamaciones de los activistas y las manifestaciones gigantescas en diferentes capitales del mundo incidieron en la opinión pública y en los políticos para abrir puertas a un cambio en la legislación sobre drogas. El dique del prohibicionismo comenzaba a ceder.

 

En el Cono Sur este largo camino de reivindicaciones cristalizó con la aprobación, en diciembre de 2013, de la ley que regula la producción, distribución, comercialización y acopio de la marihuana en Uruguay. Tanto Daniel Vidart como Alicia Castilla alzaron sus voces críticas con esta ley durante todo su proceso. “La ley es como un cuchillo: hay que probarla para ver si corta”, sentencia Vidart, que además es amigo personal del presidente José Mujica.

 

Mujica acudió a la presentación de Marihuana, la flor del cáñamo en octubre durante la Feria del Libro de Montevideo. En aquel momento el mandatario lamentó que la regulación de las drogas “agrícolas”, como las derivadas de plantas y hongos, hubiese llegado “demasiado tarde”, y el mundo se encontrara ahora inmerso en un panorama de drogas sintéticas, creadas en laboratorios y con consecuencias “difíciles de predecir”.

 

La legislación uruguaya sobre el cannabis, que acaba de cumplir su primer año de vida, es única e histórica. Pero para Vidart, y para muchos usuarios y cultivadores de marihuana, “el verdadero espíritu de la ley es el control a los usuarios y productores”. Se trata así de una “injerencia estatal en el ámbito privado”. La norma rige en dos campos que a nivel internacional continúan siendo desdeñados cuando se debate sobre las drogas: la libertad y los derechos. “El usuario tiene el derecho personal a disponer de su propia vida. Y debe poseer la libertad de contemplar las exigencias de su ‘yo’ sin dañar a terceros”, afirma Vidart.

 

En su opinión la legislación holandesa sobre el cannabis ya demostró que la planta no desencadena efectos dañinos para la sociedad. Las investigaciones científicas, por otro lado, muestran que, fumado sin exceso, el cannabis no tiene efectos negativos sobre la salud de los usuarios. Por lo tanto, la libertad y el derecho a consumir marihuana dependerán de la coherencia con la que actúen los gobiernos en el futuro. Entre estas incoherencias se encuentra una de las grandes paradojas del prohibicionismo: Estados Unidos, principal impulsor de la condena internacional contra el cáñamo, es desde hace décadas el primer productor mundial de esta planta y el que más usuarios de cannabis registra. Tras la regulación de la marihuana terapéutica en algunos estados, la legislación sobre la marihuana recreativa comienza a abrirse paso. Tras la feroz conspiración llega el “retorno del hijo pródigo”, como lo califica Vidart.

 

“La lucha por la liberación de la marihuana es ya un fenómeno sociocultural. En todo el mundo produce la adhesión especial de una comunidad de activistas que reclaman con intensidad que caigan las leyes restrictivas”, dice el antropólogo. En Buenos Aires las marchas del movimiento cannábico llegan a convocar a cerca de 100.000 personas. Es una batalla que “produce solidaridad, amabilidad y un regreso a la naturaleza”, opina Vidart. Parece una rebelión contestataria, como muchas otras en el pasado.

 

“El prohibicionismo lesiona los derechos individuales que tiene el usuario al libre consumo de sustancias”, advierte el antropólogo. La maldición contra los consumidores y la persecución al uso de drogas, además, “fomentan el narcotráfico”, opinó Vidart. Como ejemplo citó las 100.000 hectáreas de cultivos de cannabis en Paraguay al amparo de los traficantes y con la connivencia de los poderes públicos. La hipocresía rige la relación de las personas con la milenaria flor del cáñamo. Es hora de volver a cambiar el paradigma.

 

“En torno a la marihuana se tejen nexos peculiares. Existe una vinculación especial entre ‘fumetas’ y ‘cultivetas’. Se comparte, se obsequia. Ya no hay más tráfico, sino intercambio”, observa Vidart. Compara estos lazos con la experimentación comunitaria de nuestros antepasados cazadores-recolectores. Y aventura que tal vez fueran las mujeres las que siempre se encontraban alrededor de las plantas mientras los hombres cazaban. Las primeras en descubrir las propiedades del cáñamo, y en compartirlas con los demás, probablemente hayan sido las mujeres.

 Fuente: CannabisInfo

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